Roman J. Israel en la piel de Denzel Washington y viceversa

La segunda película dirigida por el guionista Dan Gilroy cuenta con la presencia de un astro del cine.  ‘Roman J. Israel, Esq.’ aspira a mostrarnos lo que sucede cuando una persona auténticamente virtuosa se ve lenta e inevitablemente corrompida por una profesión deshonesta.

Incapaz de mantenerse fiel a sus ideales en un mundo en el que la distinción entre el bien y el mal se ha difuminado, su protagonista buscará la redención a través del sacrificio metafórico y literal.

De encarnarlo se encarga Denzel Washington, a estas alturas tan acostumbrado a interpretar abogados que, si lo pidiera, le darían el título.

Denzel Washington interpreta al abogado Roman

Durante décadas, Roman ha trabajado en un bufete de mala muerte, encargándose del papeleo y el trabajo de despacho mientras su socio ejercía de cara visible de la empresa. Como resultado, nunca ha tenido que preocuparse mucho por su aspecto, pero eso por sí solo no sirve para explicar por qué viste como si hubiera robado su ropa de una tienda de alquiler de disfraces.

Lo cierto es que Roman no podría permitirse trajes como Dios manda aun en el caso de que fueran una prioridad para él. Siempre ha sido el paradigma del activista social quijotesco, y de hecho carga con la prueba de su idealismo en su maletín: un pleito increíblemente ambicioso que, asegura, pondrá en cuestión el racismo enquistado en el sistema judicial estadounidense.

El quijotesco Roman

¿Cómo llega un hombre así a abandonar tan arraigados ideales? Llegado el momento, Gilroy nos proporciona la respuesta, que involucra una pérdida de empleo, un caso de asesinato y la tentación del dinero fácil. Pero ese elemento no emerge hasta bien entrado lo que es un drama exageradamente largo y plomizo.

Hasta entonces, parte de lo que se espera de nosotros es que nos quedemos boquiabiertos por el modo en que una estrella como Washington anula su propio carisma dando vida a un personaje que luce gafas indescriptibles y un peinado a lo afro y que probablemente posee algún grado de autismo.

Así se deduce de la aparente incapacidad de Roman para establecer contacto visual, de la compulsión con la que escupe moralina grandilocuente y de su adicción a los bocadillos de mantequilla de cacahuete. El problema es que todo cuanto Washington hace en la piel de semejante personaje es convertirse en una máquina expendedora de tics.

 

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